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jueves, 23 de agosto de 2012

Pensamientos negativos: la depresión

La mayoría de las personas experimentan los efectos de los pensamientos negativos en algún momento (o en muchos) de sus vidas. Ante una discusión de pareja, problemas en el trabajo o con los hijos...etc, lo más habitual es que aparezcan pensamientos negativos. Si este tipo de pensamiento es común a todas las personas, ¿qué es lo que diferencia entonces a las que sufren trastornos depresivos de las que no los sufren? 

Desde las ideas iniciales del psicólogo A. Beck en los años sesenta, es conocido en psicología cómo las personas desarrollan trastornos depresivos a partir de su manera de pensar sobre lo que les sucede. Es decir, no se deprimen aquéllos/as que se encuentran con más dificultades en sus vidas, sino los que dedican más tiempo a pensar en cosas negativas.

Se trata de un estilo de respuesta ante los problemas conocido por los psicólogos como "rumiativo". ¿Y en qué consiste esta forma de reaccionar? Las rumiaciones depresivas son pensamientos repetitivos sobre los primeros síntomas de tristeza y sobre las posibles causas y consecuencias de ellos. Es decir, es una forma de pensar que consiste en repetir mentalmente el pensamiento negativo original (aquél que aparece de forma frecuente en la mayoría de las personas en una situación difícil o problemática). Las personas que sean capaces de distraerse de este tipo de pensamientos o quitarles importancia tienen menos probabilidades de desarrollar depresión. Sin embargo, aquéllas que dediquen más tiempo a pensar cosas negativas es más probable que acaben por tener un trastorno depresivo con todos sus síntomas. En este punto no es difícil entrar en un círculo vicioso de tristeza, falta de motivación para hacer cosas y reducción de estímulos positivos, que hacen que la tristeza aumente más aún.
De hecho, una de las más conocidas terapias psicológicas de tipo cognitivo (la de A. Beck), es decir, centradas en los pensamientos, trabaja desde varios focos de intervención y con diversos objetivos: aumentar las actividades que realiza la persona para lograr un que tenga acceso a más estímulos positivos, y de esta manera mejorar la motivación; otro foco de trabajo, generalmente en paralelo, consiste en modificar los pensamientos negativos, que suelen ser excesivos, exagerados y distorsionados (las personas con depresión dan más importancia a interpretaciones exageradamente catastróficas sobre lo que les pasa). 

Por tanto, en lo que respecta a los pensamientos de las personas con depresión, el psicólogo debe trabajar por un lado en la modificación de la forma de los pensamientos (es decir, hacerlos más realistas y objetivos, menos catastróficos) y por otro lado en su contenido (lograr que la persona dedique menos tiempo a sus pensamientos negativos y más a los positivos).



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martes, 21 de agosto de 2012

Comunicación interpersonal: la empatía, entender a los demás

Para tener unas relaciones interpersonales satisfactorias es fundamental saber comunicarnos con los demás. Esta comunicación implica ser capaces de entender a los otros, así como hacernos entender. Esto que puede parecer una tarea sencilla, en muchos casos se trata de una de las labores más complejas de las relaciones humanas. La ausencia de un entendimiento adecuado puede perjudicar enormemente nuestras relaciones, dando lugar a malentendidos rodeados eso sí, de las mejores intenciones por ambas partes.

A todos nos ha pasado alguna vez que hemos querido dar un consejo a alguien que está pasando por un mal momento y parece que este no ha sido bien recibido. Incluso sucede cuando el mensaje pretendía transmitir nuestra mejor intención y el ofrecimiento de ayuda hacia el otro ante sus dificultades. A veces también nos cuesta entender este rechazo porque pensamos que se trata de un buen consejo y creemos tener la certeza de que se trata de la decisión más óptima que “debería” o creemos que debería tomar la otra persona.

Sin embargo, para llegar a comprender mejor al otro deberíamos en primer lugar, tratar de entender el mundo desde su visión (“ponernos sus gafas para ver el mundo”), y sólo entonces podremos ser capaces de responder a sus necesidades y si el otro lo requiere, aconsejarle. Hablamos de aquél aspecto tan relevante de la comunicación que llamamos empatía. Esta se ha definido en múltiples ocasiones como la capacidad de ponernos en el lugar del otro y en última instancia de ello trata, aunque cabría especificar con mayor detalle. La empatía es una habilidad interpersonal fundamental que implica no sólo ponerse en el lugar del otro, sino además la capacidad de sentir e interpretar el mundo del mismo modo en que lo hace aquél. Para ello es necesario en primer lugar trasladar nuestra experiencia a la de la otra persona; de hecho, el error más frecuente suele darse cuanto tratamos de interpretar las experiencias de los demás desde nuestra propia visión. La única manera de alcanzar esa empatía es interpretando el mundo de la otra persona tal y como lo haría ella, para de esta manera poder comprender sus sentimientos y a veces incluso sentirlos.

Además, es necesaria una buena dosis de aceptación de la situación y del sentir del otro, rechazando todo tipo de juicio que pueda venirnos de manera casi automática. La persona que nos cuenta su problema muchas veces no necesita otra cosa que expresar cómo se siente, percibiendo en quien le escucha esa aceptación de su malestar, carente de juicio. Cabe resaltar que la ausencia de juicio no implica que no tengamos una opinión sobre la situación, aunque hay que tener en cuenta que la otra persona no siempre quiera escucharla. Probablemente nuestro interlocutor ya ha pensado en todas las alternativas de actuación ante su problema, y los consejos que se nos ocurren a los demás no resultan novedosos. Si la otra persona desea conocer nuestra opinión es muy probable que nos lo haga saber; de no ser así, es casi seguro que necesita expresar lo que siente y ser escuchado sin más. Por tanto, la empatía es una habilidad que requiere una gran capacidad de escucha, sabiendo para ello hacer las preguntas apropiadas y evitando dar consejos no solicitados por el otro.

Las personas con mayor grado de empatía son capaces de comprender los diferentes puntos de vista de muchas personas y entender los sentimientos de aquéllas ante las mismas situaciones. Si bien es cierto que llevar a nuestras espaldas una determinada experiencia nos hace más susceptibles de alcanzar un mayor grado de empatía con quienes la están viviendo, no resulta imprescindible que hayamos tenido esa vivencia para poder empatizar con ellos. De hecho uno puede haber vivido muchas situaciones diferentes pero no haber reflexionado sobre las diferentes formas de interpretarlas y sentirlas, por lo que no siempre tener más experiencias conlleva entender mejor a los demás. Para llegar a empatizar con diferentes personas en gran variedad de situaciones es necesario que en cada experiencia que tengamos (no necesariamente en situaciones excepcionales, sino también en nuestra vida cotidiana) entrenemos esta habilidad psicológica, tratando de comprender emocionalmente los distintos puntos de vista posibles. Para ello debemos comprender que nuestra manera de vivir las experiencias no es la única ni la más válida, sino que existen otros modos alternativos de entender las mismas situaciones, apoyadas en la existencia de diferentes esquemas mentales y emocionales; aspecto que enlaza directamente con la capacidad de aceptación de las vivencias ajenas y la ausencia de juicio hacia las mismas.

Al igual que sucede con otras habilidades interpersonales, la empatía puede trabajarse en una terapia psicológica encaminada a aumentar, entre otras aptitudes propias de las relaciones humanas, la sensibilidad interpersonal. Del mismo modo que existen diferencias individuales entre las personas en cuanto a la expresión espontánea (probablemente fruto de sus aprendizajes previos) de conductas interpersonales adecuadas, sucede lo mismo con la sensibilidad interpersonal y la habilidad para ponerse en el lugar de los demás (e interpretar y sentir el mundo del mismo modo que ellos). Quizá la falta de observación y reflexión acerca de los efectos de las conductas propias o ajenas sobre los sentimientos de otros, la ausencia de modelos que lo hicieran en sus aprendizajes previos, la ausencia de interés o dedicación a esta tarea, etc, sean argumentos susceptibles de explicar esas diferencias individuales.

La empatía por tanto, es una habilidad psicológica que nos ayuda enormemente en nuestras relaciones interpersonales. Podemos pensar en situaciones cotidianas, como el efecto que pueden tener nuestras conductas (aparentemente o desde nuestro punto de vista inofensivas y en absoluto malintencionadas) verbales y no verbales sobre los sentimientos de los demás, entender por qué algunos toman determinadas decisiones que no compartimos, por qué se sienten mal algunas personas ante circunstancias que a nosotros nos resultan triviales (por ejemplo los miedos de algunas personas en determinadas circunstancias), por qué nuestros hijos/as llevan a cabo conductas que nos parecen inadecuadas, o por qué alguien puede llegar a hacernos daño sin ser consciente de ello, entre otras.

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Emociones positivas

Muchas personas se preguntan por el modo en que surgen nuestras emociones positivas. En nuestra experiencia diaria podemos traer a la mente ejemplos de personas que viven continuamente experimentando alegría y felicidad, así como el caso opuesto, a saber, aquéllos que parecen vivir en un estado de eterna melancolía. Es más, las personas que gozan de salud mental son aquellas que experimentan emociones positivas en mayor medida. Este tipo de cuestiones nos llevan a plantearnos a debates ya clásicos en psicología acerca del origen de la conducta: ¿son estas emociones resultado de factores biológico-constitucionales que condicionan nuestras experiencias psicológicas? ¿o son más bien un tipo de experiencia factible de provocar mediante cambios en nuestro comportamiento?
Desde la psicología tradicional las emociones positivas han sido en gran medida olvidadas, en favor del estudio de la patología mental y las alteraciones de la psique. En la actualidad existe una corriente en psicología dedicada al estudio de esa parte positiva de nuestra mente, que cuenta con gran influencia también en las aplicaciones prácticas de la psicoterapia. Y es que hoy en día parece bastante claro en psicología clínica, que muchas personas que deciden acudir a un psicólogo pueden verse beneficiadas enormemente de la adopción de una perspectiva positiva en psicoterapia, en lugar de dirigir esta exclusivamente a los aspectos negativos de su experiencia.

A la mayoría de las personas nos gusta rodearnos de gente positiva, es decir, que experimente emociones positivas y sean al mismo tiempo capaces de contagiarlas. Las emociones son un tipo de sentir con una gran capacidad de transmisión entre individuos. Las personas positivas suelen resultar más atractivas para los demás, mientras que las negativas tienden a desgastarnos anímicamente y procuramos alejarnos de ellas. Probablemente todos podamos recordar el paso por nuestras vidas de alguna persona con actitudes (y emociones) positivas hacia la vida y el efecto que han ocasionado en nuestro estado de ánimo. Del mismo modo, podemos pensar en lo que ha sucedido tras compartir algo de tiempo con personas con un talante más negativo. Con ello quiero resaltar especialmente los resultados provocados por estos individuos y sus actitudes en muchos ámbitos de nuestras vidas, como pueden ser las decisiones que tomamos, la manera que tenemos de afrontar la vida y las dificultades cuando se encuentran cerca de nosotros, etc.

Cuando hemos hablado de contagio de emociones nos referíamos a una influencia entre individuos. La siguiente cuestión que nos surge es la posibilidad de que sea el propio individuo quien de alguna manera provoque las emociones positivas. Si es cierto que los demás pueden afectar de manera importante nuestro estado de ánimo, cabe pensar que nosotros mismos también podremos hacerlo. Este planteamiento enlaza con la cuestión inicial acerca del origen de nuestras emociones, bien sea a causa de una condición biológica o comportamental. A día de hoy podemos afirmar la influencia de ambos factores, si bien desde la psicología y la psicoterapia interesa resaltar la posibilidad de modificar nuestros estados de ánimo a través de nuestras acciones.

La experiencia de las emociones positivas está en gran medida condicionada por aquéllo que ocupa nuestra mente. Los estímulos que se encuentran en nuestro pensamiento son capaces de generar emociones, positivas y negativas. Este es el gran poder de nuestra mente, la capacidad de pasar del desánimo a la felicidad modificando pensamientos, imágenes y palabras, eliminando o restando importancia a preocupaciones y anticipaciones negativas de hechos que aún no han ocurrido o es poco probable que ocurran. Se trata de un ejercicio de manejo de nuestros procesos psicológicos internos, de nuestra mente y gestión de nuestras emociones, que en ocasiones surge de manera natural y automática y en otros casos es necesaria la ayuda de un psicólogo para lograrlo.

La psicoterapia y desde la orientación de la psicología positiva pretende llevar a la persona a aumentar el número y la amplitud (en variables como intensidad de la experiencia, tiempo dedicado a ella, etc) de emociones positivas que experimenta la persona. Volviendo a la perspectiva biológica y desde una orientación cognitiva hay que añadir que las emociones, entendidas estas como redes de neuronas interconectadas, aumentan la probabilidad de activarse a mayor número y amplitud de activaciones previas. Esto quiere decir que una de las razones que hacen a las personas positivas tener más probabilidades de experimentar emociones de este tipo es el hecho de haberlas experimentado anteriormente en más ocasiones. La labor del psicólogo por tanto es, aumentar su probabilidad de ocurrencia modificando o eliminando pensamientos negativos, enseñando al paciente a emplear un lenguaje positivo (al fin y al cabo el lenguaje es la base de nuestro pensamiento y por tanto también va a influir en nuestro estado de ánimo), dedicando tiempo a la elaboración y experimentación de pensamientos e imágenes positivas, etc. En resumen, se trata de hacer un trabajo psicológico prolongado en el tiempo de manejo de emociones negativas y positivas, logrando una mayor preponderancia de estas últimas sobre las primeras.

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El valor de las preocupaciones

Cuando hablamos de preocupaciones en psicología clínica nos referimos a aquellos pensamientos que en su origen quizá tenían una función adaptativa, a saber, anticiparse a las consecuencias de algún acontecimiento para estar preparados/as para ellas. Sin embargo, en la actualidad han perdido ese valor adaptativo, bien por mantenerse excesivamente en el tiempo, por exagerar las consecuencias negativas de los acontecimientos, por incluir implicaciones de poca probabilidad de ocurrencia, etc.
El hecho es que muchas personas valoran positivamente las preocupaciones; es más, prefieren la “tranquilidad” de estar preocupados ante cualquier circunstancia, porque esto les permite estar preparados para lo que les pudiera suceder. De alguna manera les produce cierta tranquilidad creer que nada que ocurra les pillará por sorpresa, ya que lo han podido imaginar previamente, preparándose para las posibles consecuencias negativas.

Sin embargo, esa anticipación constante de consecuencias negativas y la necesidad de estar preparados en cualquier momento para lo peor, no está exenta de complicaciones. Y es que la mente humana tiene el poder de imaginar de una manera tan vívida que las emociones que van asociadas a las imágenes mentales y verbalizaciones son en la mayoría de los casos tan intensas como si estuvieran ocurriendo en el mundo real. De forma que una persona que se encuentra constantemente preocupada por las consecuencias negativas de casi cualquier conducta que él/ella o sus allegados llevan a cabo, psicológicamente también está viviendo las emociones y el malestar asociados.
La realidad es que se trata de una elección personal, (lógicamente influida por aprendizajes previos, fundamentalmente por modelado), el individuo decide anticipar las consecuencias negativas antes que imaginar las positivas o las neutras. Sin embargo, con el tiempo se convierte en un hábito, de forma que los pensamientos (verbalizaciones e imágenes) sobre preocupaciones aparecen de manera casi involuntaria ante cualquier acontecimiento. Al tratarse de un hábito adquirido hace que aparezca de manera apenas consciente, por lo que es posible que la persona ni si quiera haya reparado en pensar que existe otra forma de interpretar la realidad o que la elección de imaginar siempre la consecuencia negativa le lleva a un malestar psicológico constante que a veces no es capaz de identificar ni de encontrar su origen. Pero el hecho de tratarse de un hábito significa que existe la posibilidad de modificarlo haciéndolo consciente. De mismo modo que podemos aprender a imaginar consecuencias negativas, podemos aprender a imaginarnos las positivas o las neutras.

La terapia psicológica tiene como objetivo encontrar esos pensamientos automáticos que aparecen en casi cualquier situación, analizarlos y cuestionarlos, así como sustituirlos por otros más adaptativos desde el punto de vista de la psicología y la salud mental. La cuestión es que si podemos imaginar cualquier cosa y con ello provocar diferentes tipos de emociones, ¿por qué quedarnos siempre con la imagen negativa y la que nos produce malestar? En psicología clínica podemos utilizar en un sentido terapéutico el gran poder de la mente humana para imaginar y generar con ello emociones positivas.

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La comunicación interpersonal: asertividad

Qué duda cabe de la necesidad de tener unas relaciones interpersonales satisfactorias como prerrequisito para una vida plena. Es más, el apoyo social es la variable con mayor impacto reductor del estrés en situaciones difíciles.

Desde la psicología y la psicoterapia se han estudiado con frecuencia los diferentes estilos de comunicación de las personas. Y es que la forma que tenemos de comunicarnos con los demás influye en gran medida en el atractivo que produzcamos en ellos y en la probabilidad de que los otros quieran mantener la interacción o por el contrario, acaben por limitarla.

La mayoría de las personas emplean estilos diferentes de comunicación interpersonal en función de los interlocutores con los que interactúen, su propio estado de ánimo, la situación en la que se encuentren, etc. Se trata de un tipo de aprendizaje implícito que adquirimos por lo general durante el periodo del desarrollo (infancia y adolescencia), aunque seguimos modificando con la experiencia y por supuesto es susceptible de cambio mediante la ayuda de un psicólogo. De hecho, el aprendizaje que se adquiere durante la infancia y adolescencia respecto a los estilos de comunicación está enormemente influido por el aprendizaje observacional basado en modelos. De ahí los grandes parecidos entre los familiares y otras personas con las que se convive en cuanto a estilos de comunicación (sin restar importancia a la influencia genética). Este hecho nos lleva a pensar en la posibilidad de cambio de los mismos mediante situaciones artificiales creadas en la terapia psicológica adaptada a las necesidades de cada persona.

Cuando hablamos de estilos de comunicación en psicología, hacemos referencia a las diferentes maneras que existen a la hora de comunicarnos con los demás. Aquí incluimos tanto la conducta verbal, es decir, las palabras que empleamos; como la conducta no verbal o gestos, movimientos corporales, tono de voz, etc. De alguna manera podemos hablar de tres estilos fundamentales, a saber, agresivo, asertivo y pasivo. Estos tres estilos se sitúan a lo largo de un continuo desde un extremo de agresividad comunicativa a otro de pasividad, pasando por el punto intermedio de asertividad.
En psicoterapia se entrena la conducta asertiva, que consiste en la habilidad social de expresar a los demás nuestros sentimientos, incluyendo nuestro malestar hacia su conducta cuando sea necesario. Para ello es importante emplear una comunicación tanto a nivel verbal como no verbal adecuada, así como hacerlo en el momento apropiado y sin herir los sentimientos de los demás. Sucede con frecuencia que cuando algo nos molesta de los otros, optamos bien por no enfrentarnos a ellos omitiendo nuestro malestar; o bien expresamos de manera agresiva nuestro desacuerdo, entrando en un estado de ira que nos conduce a la ofensa hacia ellos y a empeorar nuestras relaciones sociales cuando esta conducta se repite. Es más, la evitación de enfrentamientos característica del primero de los casos, el estilo pasivo, conlleva la acumulación de malestar y la aparición de un sentimiento de injusticia que con el tiempo acaba por explotar y transformarse en un estilo agresivo.

Para entrenar la conducta asertiva durante un proceso de terapia psicológica, se evalúa en primer lugar el estilo de comunicación de la persona a nivel molecular; se analizan las verbalizaciones, tono de voz, gesticulaciones, etc, que emplea la persona habitualmente en diferentes situaciones interpersonales, para encontrar las áreas de mayor necesidad de entrenamiento. En unos casos será necesario aumentar el tono de voz, mirada a los ojos, verbalizaciones acerca de los propios sentimientos, etc, para sustituir la conducta pasiva por la asertiva; y en otros casos habrá que disminuir estos mismos parámetros para modificar una conducta agresiva e instaurar una asertiva. Todo ello se entrena en primer lugar en la sesión de terapia psicológica y posteriormente se pone en práctica en situaciones reales, que se analizan mediante registros de conducta para valorar logros alcanzados y continuar el entrenamiento en función de ello.

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Qué es la terapia psicológica

Todo el mundo tiene una idea más o menos aproximada de lo que es una terapia psicológica. Cierto es que la industria cinematográfica ha contribuido, con más o menos acierto según los casos, a la formación de una idea de la psicoterapia en la cultura popular. En la actualidad cada vez está más generalizada la posibilidad de consultar a un psicólogo ante algunos problemas de diversa índole. Muchas parejas que se encuentran ante dificultades cotidianas o no tan cotidianas, padres preocupados por sus hijos/as, mujeres y hombres con problemas de ansiedad o estrés, relaciones interpersonales complicadas, tristeza, etc. Todos ellos se han planteado en algún momento si la ayuda de un psicólogo puede ser útil para solucionar sus problemas.

La terapia psicológica consiste en gran medida en una relación interpersonal de confianza, cuyo objetivo inicial es que el paciente se sienta cómodo para expresar sus preocupaciones y las dificultades con las que se encuentra, sin sentirse juzgado por la persona que le está escuchando. La escucha activa y la empatía son dos de los principios fundamentales para lograr que esta relación se desarrolle adecuadamente. Tanto paciente como psicólogo tienen que lograr dejar de lado durante el proceso de terapia las ideas preconcebidas que tengan sobre otras personas para facilitar este proceso. En no pocas ocasiones la terapia psicológica puede no funcionar debido a la aparición de juicios y a la dificultad de eliminación de los mismos, al menos durante el tiempo en sesión; es por ello que no cualquier psicólogo es válido para cualquier paciente.

Por otro lado, es necesario mencionar que existen diferentes orientaciones de trabajo en psicoterapia. A diferencia de lo que sucede en otras ramas de las ciencias de la salud, no existe una única manera de hacer terapia psicológica. Por resumir de forma muy breve y dar algunas pinceladas acerca de las ideas básicas en las que se fundamentan, podemos decir que existen tres corrientes principales, con grandes variedades dentro de cada una de ellas. La tradición psicoanalítica, quizá la más conocida en la cultura popular, consiste en analizar la parte inconsciente de la mente, ya que entiende que existen contenidos mentales que pueden estar bloqueados en ella y su desbloqueo facilitará la desaparición de los síntomas. La corriente humanista-existencial busca el desarrollo pleno del potencial de la persona empleando técnicas variadas en formato grupal e individual. Por último, la psicología conductista se centra en el análisis de la conducta objetiva de la persona para modificar los patrones desadaptativos de esta. Como desarrollo más reciente de esta última, se encuentra la psicología cognitivo-conductual, que analiza también el pensamiento humano y sus vertientes patológicas para modificarlos en un sentido más adaptativo.

La tendencia actual en terapia psicológica es hacia el eclecticismo tanto en las explicaciones teóricas de la mente y la conducta humana como en la práctica en psicología clínica y en las técnicas de psicoterapia. Las aportaciones de cada una de las corrientes de psicoterapia son innegables en diferentes áreas de psicopatología y a nivel terapéutico.

Los aspectos que aparecen de forma común a todos los tipos de terapia psicológica son la relación interpersonal como base de la misma y el empleo de técnicas para la mejoría del paciente. Sobre la relación interpersonal ya se ha hablado anteriormente y acerca de las técnicas es necesario mencionar que según los casos o el momento terapéutico se emplean con diferentes objetivos, por ejemplo, para lograr que el paciente tome conciencia de algo, reestructure sus pensamientos, reinterprete situaciones, alcance un nivel de comprensión diferente de la realidad, reformule su realidad, cambie sus conductas, afronte situaciones, aprenda estrategias más adaptativas ante sus dificultades, acepte las mismas sin negarlas, maneje sus síntomas, regule sus emociones, etc.

Si bien es cierto que muchas de las técnicas pueden llevar al mismo objetivo común por caminos diferentes, la tendencia actual en terapia psicológica evoluciona hacia la psicología clínica y psicoterapia basada en la evidencia científica. Esto significa que la aplicación de la terapia psicológica debe basarse en el empleo de técnicas de eficacia, efectividad y eficiencia probada mediante estudios científicos. Es más, las técnicas deben estar probadas para el problema específico al que se aplican.

A modo de resumen podemos decir que la idea del psicólogo como profesional que se limita a escuchar problemas de sus pacientes queda lejos de la práctica actual en psicología científica. A pesar de existir diferentes grados en cuanto a la directividad de la terapia por parte del psicólogo, la técnica o técnicas concretas a emplear siempre deben estar basadas en la evidencia científica actual para el problema que se pretende tratar.

Por tanto algunas de las labores del psicólogo son, además de escuchar activamente al paciente a lo largo de todo el proceso terapéutico, (para valorar sus dificultades en los diferentes momentos en un proceso de evaluación continua), entrenar técnicas para manejar síntomas como la ansiedad, planificar actividades para mejorar el estado de ánimo y la motivación, proponer situaciones de afrontamiento para superar dificultades o miedos, entrenar habilidades interpersonales las cuales poner en práctica posteriormente, etc.

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Cuando la ira nos controla

Hay momentos en los que estamos tan enfadados/as que sentimos que vamos a explotar. Incluso hay personas que dicen pasar de la calma o la tranquilidad a un estado de ira intensa en cuestión de segundos, sin apenas poder pensarlo, como si de una reacción instintiva se tratase. Puede que haya situaciones concretas, personas o actitudes que hagan que nos irritemos con mucha facilidad, o al menos eso es lo que nosotros pensamos.

Sin embargo, esa reacción que aparece rápidamente y que incluso transcurre en unos pocos segundos, se caracteriza por tener un largo proceso detrás que es necesario analizar y conocer bien para entender lo que está sucediendo.

Al igual que ocurre con muchas otras de nuestras conductas, en gran parte se trata de un hábito aprendido asociado a determinadas situaciones. Más bien, relacionado con la interpretación que hacemos de esas situaciones. De hecho, esta es la razón que explica que a cada persona le influyan las circunstancias del entorno de diferente manera, es decir, cómo explicamos lo que está pasando a nuestro alrededor. En una misma situación diferentes personas podrán tener reacciones también diferentes. Esto quiere decir que cambiarán todos los niveles de respuesta (pensamientos, emociones, sensaciones físicas, conductas, verbalizaciones, etc) según la interpretación que la persona haga de lo que le sucede. Algo que parece tan obvio es la base de la terapia psicológica con adultos y adolescentes y en algunos casos de psicología infantil, siempre y cuando el niño haya alcanzado un desarrollo mental suficiente como para ser consciente de sus propios pensamientos.

El enfado es una emoción que aparece cuando nos sentimos invadidos en nuestro espacio personal, entendido este concepto en un sentido amplio (es decir, cuando esperamos que alguien haga algo y no lo hace, o al contrario, cuando no queremos que alguien haga algo y lo hace, etc). Cuando nos enfadamos ocurre habitualmente que aparecen en nosotros pensamientos negativos hacia la fuente que ha ocasionado esta emoción. La clave de la terapia psicológica cognitiva, es decir, centrada en los pensamientos, está en el control y manejo de esas verbalizaciones e imágenes que se nos vienen a la mente de manera casi automática. En ocasiones son tan automáticos que apenas somos conscientes de ellos. La ayuda de un psicólogo es importante para analizar lo que sucede en nuestro interior y encontrar esos pensamientos negativos. De hecho, estos pensamientos suelen tener grandes sesgos en la valoración que hacemos de las situaciones. Suelen ser poco objetivos y no tener en cuenta todas las posibilidades de interpretación. Por ello ocurre que cuando la ira desaparece al cabo del tiempo, solemos decir que “somos capaces de pensar con mayor claridad”. Y es que es entonces cuando han desaparecido los pensamientos negativos sesgados, o al menos somos capaces de darles una menor credibilidad. Esto nos lleva en muchas ocasiones a arrepentirnos de nuestra conducta anterior mientras nos encontrábamos en el estado psicológico de ira. Realizar actividades que nos distraigan, con la guía de un psicólogo, puede ser de gran utilidad para facilitar este proceso. Además, el psicólogo también nos ayuda a analizar desde una visión más objetiva esos pensamientos sesgados y poco objetivos, y así poder poner en práctica estrategias que nos permitan manejar emociones tan intensas como la ira y sus consecuencias negativas en nosotros y en el entorno.

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